25
Abr
10

Statue of Liberty

Por fin la conocía. Con 46 metros de altura y un color verdoso a causa del contacto del cobre con el agua y el aire, se erguía ante mí una de las señoras más importantes del mundo.

Se encontraba en la Isla de la Libertad, muy próxima a la Isla de Ellis donde durante muchos años los inmigrantes que llegaban al nuevo mundo eran inspeccionados tanto legal como medicamente. Para llegar frente a ella tenía que coger el ferry que salía del parque Battery situado en la punta sud de Manhattan.

Como no, tuve que volver a guardar cola. Cola para entrar al puerto y cola para entrar al bote. Era un barco de dos plantas y estaba completamente abarrotado de personas que, como yo, se dirigían a la isla para presentarse frente a ella. Intenté coger un buen sitio en el exterior. Dentro había sitio para sentarse y estar más calentito, ya que realmente hacía mucho frio en esa época en Nueva York, pero yo prefería estar fuera y ver como poco a poco me acercaba. Desde mi punto de vista, era muy pequeñita. Si cerraba un ojo cabía perfectamente entre mis dedos.

Las aguas estaban tranquilas y el trayecto fue muy corto. El barco la rodeó mostrándome varios puntos de vista. Sin duda, imponía mucho más de cerca que de lejos… ¡y eso que todavía no había bajado del ferry!

Al pisar tierra firme lo primero que me llamó la atención fue una gaviota. Estaba posada tranquilamente, indiferente a los extraños visitantes que estábamos invadiendo su hogar. Seguramente, había volado más cerca de la protagonista de lo que yo estaría.

Finalmente, después de caminar un poco por la isla, me puse delante de ella. Me sentía muy pequeña a su lado, y no solamente por lo obvio. Yo no conmemoraba la Declaración de Independencia de  los Estados Unidos ni representaba la libertad iluminando al mundo. Esa señora significa mucho, y yo la tenía frente a mí. La primera visión que durante muchos años tuvieron los inmigrantes europeos al llegar a Estados Unidos tras su travesía por el océano Atlántico era lo que mis ojos estaban intentando captar, me esforzaba por retener en mi memoria esa estatua tan mundialmente famosa.

Al volver a Manhattan volví a montar en el ferry, esta vez todavía más lleno si cabe. De nuevo, volví a situarme en el exterior, quería retrasar la despedida. Y de nuevo se fue haciendo cada vez más pequeña hasta volver a caber entre mis dedos.

Adiós, Estatua de la Libertad. Ha sido un placer conocerla.

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